Juan Iñaki, cuando la música es una experiencia transmedia

Por Claudia Ardini (UNC-UNVM)

Escuchar y ver a Juan Iñaki en vivo es una experiencia movilizadora, siempre… Lo he escuchado desde hace ya varios años y esa sensación se renueva en cada encuentro. La música es una experiencia movilizadora cuando se particulariza en expresiones que la elevan por encima de cierta chatura a la que nos acostumbra el mercado de bienes culturales en nuestra naturalizada y asimilada sociedad de consumo.
Elijo escuchar música en todos los momentos posibles, todo me suena, me sabe y me sale mejor si la música lo envuelve. Leer, escribir, meditar, caminar, manejar, cocinar, comer, trabajar, amar… Todo lo cotidiano y hasta aquello que me llena de tedio, si suena la música oportuna, la necesaria, toma el tono de la melodía y se transforma en… No sé… ¿En algo más humano quizás? 
Elijo escuchar música en vivo -cuando se puede- entre otras razones, porque aprendí hace mucho tiempo a disfrutar y a valorar cuando alguien pone el cuerpo, su arte, su talento y su conocimiento sobre un escenario. Porque en ese poner en juego invita a construir “algo” que tiene que ver con lo que ocurre en ése momento y que involucra las canciones que canta pero va más allá de eso. Es, si se me permite la analogía, en palabras de Rita Segatto, esa posibilidad de “construir pensamiento en conversación” con su auditorio, porque con sus gestos, sus miradas y corporalidades, esas personas hablan y se manifiestan en el discurso del orador. (2018) 
El o la artista sobre un escenario propone también una especie particular de conversación que se trasunta en el tono, las inflexiones, la melodía de su propia voz u otro instrumento que use y crea un clima que es único cada vez, que contiene la intención, el humor, la disposición de ese auditorio. Esa sensación me atravesó, una vez más, al escucharlo a Juan Iñaki. Era un encuentro intimista, la iluminación adecuada, velas en las mesas y su voz cerca, muy cerca para placer de nuestros oídos. Bueno… oídos, tímpanos, corteza cerebral si uno se queda en una explicación más biologicista y asume que la música se procesa y se percibe sólo a través de los órganos consabidos y las partes del cerebro implicadas… Más cercano a otro tipo de experiencia, al menos la mía, diría que la música entra por los oídos, se procesa en el cerebro sí, pero ingresa también por cada poro de la piel, atraviesa cada capa, mueve cada músculo, se cuela al torrente sanguíneo, nos sacude placas geológicas más o menos sedimentadas, nos conecta con sonidos e imágenes ancestrales, nos lleva al pasado al mismo tiempo que nos sumerge en el presente y, generosa ella, a veces nos invita a mirar de reojo el futuro. Bien, más o menos eso ocurre cuando se lo escucha de cerca al Juan. Aprovechando la intimidad del encuentro, el muchacho hizo gala de un aparatejo de sofisticada tecnología, conocido en el mundo de los músicos como “loopera”. Lo conozco porque mi hija música me mostró muy fascinada hace algunos años, un video de Ed Sheeran haciendo arreglos y superposiciones geniales con la mágica loopera. 
El caso es que Juan Iñaki usó este magnífico artificio de la tecnología moderna y logró algo que no parecía posible: que su voz creciera aún más, se multiplicara y alcanzara tonos insospechados para versionar canciones, algunas que ya había cantado muchas veces, pero que sonaban diferentes, renovadas. Canciones que dialogaban con otras melodías, construidas en ese mismo momento, pero que parecían venidas de otro tiempo, de otro lugar. Sonidos que en forma de palimpsesto buscaban, encontraban y se fundían con las huellas de otros sonidos, de su voz y de otras voces, que así como en un momento hacían más melodioso su canto, en otro le daban más fuerza a su denuncia. 
Mientras lo escuchaba y lo miraba maniobrar con su voz, el micrófono, un instrumento parecido a un cuatro pero que no era un cuatro, la caja, el cajón peruano y la loopera… trataba de poner palabras a la experiencia musical que estaba presenciando… 
Pensé en Alessandro Baricco (2019), en esa idea genial, perturbadora, cuando afirma que creemos que la revolución mental que estamos atravesando es un efecto de la revolución tecnológica, pero que en realidad es exactamente lo contrario. Estamos mirando el mapa al revés, sostiene. Sugiere que dejemos de intentar entender si el uso del smartphone nos desconecta de la realidad y más bien nos dediquemos a tratar de entender qué clase de conexión con la realidad buscábamos cuando el teléfono fijo nos pareció definitivamente inapropiado.  
Mientras Juan manipula con destreza el aparatejo, casi como si lo conociera desde siempre, alguien del público le dice socarronamente “Qué diría si te viera Don Ata”. Juan sigue manipulando la loopera mientras responde: “Noo, no quisiera verlo a Yupanqui ahora…” 
Análogamente, hago el ejercicio de cambiar la pregunta. No me preocupa saber si la tecnología ayuda o va en detrimento de la creatividad y la autenticidad musical. Me seduce más tratar de imaginar qué necesita, qué busca expresar un músico, un artista, cuando intenta nuevos caminos en búsqueda de otros ¿lenguajes? porque los que conoce hasta ese momento no le alcanzan para expresar lo que quiere expresar. Y en esos caminos, la tecnología, invención humana por cierto, le abre posibilidades que no había explorado. Expande sus horizontes y los de su creación. Ensaya nuevas conversaciones. La música ya no está solo ahí. Está ahí y también allá y más allá, tomando el tono, el ritmo, la melodía de otras gentes, otros lugares, otros tiempos. La música es una experiencia transmedial. Siempre lo fue, solo que ahora se nota más. Pienso, la loopera funciona definitivamente como una interfaz que habilita otras interacciones conversacionales. (Scolari, 2018) 
Tal vez, porque como reza el axioma 4 del Manifiesto transmedia “Las conversaciones no se sujetan ni reproducen reglas que ordenan las intervenciones o los intercambios, por el contrario: las violentan, las exceden, las alteran y las vuelven obsoletas. Las conversaciones mueven e impulsan las coordenadas de la historia, no la reproducen.” 
No sé que diría Don Ata de la loopera… tal vez la miraría con desconfianza, o no, quien lo sabe. Lo que sí intuyo, casi como una certeza, es que reconocería en Juan Iñaki la voz ancestral de los abuelos indios, criollos, vascos, negros, o de cualquier otro origen, como un eco de un tiempo ya sin tiempo, el tiempo cósmico que se vislumbra cuando el ser humano hace esa cosa tan humana, tan bella que llamamos música.

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